En los últimos meses hemos vuelto a encontrarnos con imágenes que quizá nos resulten familiares: cuerpos extremadamente delgados que vuelven a ocupar un espacio importante en la moda, las redes sociales y la cultura popular. La conversación se ha hecho especialmente visible alrededor de algunas mujeres conocidas, como Ariana Grande o Jenna Ortega, cuyos cambios físicos han generado miles de comentarios, comparaciones y especulaciones en redes sociales.
Ariana Grande, cantante y actriz estadounidense conocida por su carrera musical y, más recientemente, por interpretar a Glinda en Wicked, ya tuvo que responder públicamente en 2023 a los comentarios sobre su cuerpo. Ante las comparaciones entre su aspecto actual y fotografías de años anteriores, explicó que precisamente aquel cuerpo que algunas personas consideraban entonces una versión más «saludable» de ella coincidía con una etapa en la que no se encontraba bien. Su respuesta fue bastante clara: una fotografía no nos permite saber cómo está una persona por dentro.
Ahora la conversación ha vuelto a aparecer alrededor de Jenna Ortega, actriz estadounidense conocida especialmente por su papel protagonista en Wednesday. En una reciente entrevista con Esquire, Ortega habló además de algunas conductas que tuvo durante su infancia como actriz, explicando que en ocasiones pasaba todo el día sin comer ni beber para no sentir que estaba molestando al equipo de rodaje. Sus declaraciones, unidas a los comentarios sobre su aspecto físico, han generado una nueva oleada de preocupación y especulación en redes. Su hermana ha pedido precisamente que se respete su privacidad y que no se hagan suposiciones sobre su salud a partir de su apariencia. La actualidad de este debate ha sido recogida por medios como Entertainment Weekly, The Wall Street Journal y The Daily Beast.
Creo que es importante hacer esta aclaración antes de continuar: no sabemos qué está ocurriendo con el cuerpo de Jenna Ortega, igual que no podemos saberlo de Ariana Grande o de cualquier otra persona a la que veamos en una fotografía. Como profesionales que trabajamos con trastornos de la conducta alimentaria, sería un error intentar diagnosticar un TCA a partir del aspecto físico de alguien. El peso y la apariencia pueden formar parte de la valoración clínica, pero un trastorno de la conducta alimentaria implica mucho más que el aspecto físico: implica una alteración significativa en la relación con la alimentación, el cuerpo y el peso, que puede expresarse a través de diferentes pensamientos, emociones y conductas y que termina afectando al bienestar y al funcionamiento de la persona.
Entonces, ¿por qué me parece interesante hablar de esto? No tanto por lo que esté ocurriendo con estas actrices, sino por lo que está ocurriendo alrededor de ellas. Sus cuerpos se han convertido en un tema de conversación, miles de personas los comparan con fotografías anteriores y, una vez más, determinados cuerpos extremadamente delgados vuelven a aparecer como una referencia estética. Y aquí sí creo que tenemos una conversación importante que mantener, especialmente cuando hablamos de adolescentes.
Durante los últimos años hemos hablado mucho de diversidad corporal y de la necesidad de ampliar los modelos de belleza que aparecen en los medios. Sin embargo, basta con observar determinados contenidos de redes sociales, tendencias de moda o perfiles de algunas personas conocidas para comprobar que la extrema delgadez sigue teniendo una presencia muy importante. En algunos espacios incluso parece estar recuperando el valor que tuvo en otras épocas, asociándose de manera más o menos explícita con belleza, disciplina, éxito o control.
Esto no significa que ser delgado sea algo negativo ni que cualquier persona delgada tenga un problema. Tampoco significa que ver una persona delgada vaya a provocar un trastorno alimentario. Los TCA son problemas complejos en los que intervienen factores biológicos, psicológicos, familiares y socioculturales. Pero precisamente por eso no deberíamos olvidar uno de esos factores: el contexto en el que aprendemos a relacionarnos con nuestro cuerpo.
La investigación sobre redes sociales y alimentación nos está dando cada vez más información al respecto. Un metaanálisis publicado en 2025 reunió 83 estudios y 55.440 participantes y encontró una asociación significativa entre una mayor tendencia a compararse físicamente con otras personas en redes sociales y mayores preocupaciones por la imagen corporal y síntomas relacionados con los trastornos alimentarios. No significa que las redes sociales sean la causa directa de un TCA, pero sí que la comparación constante con otras personas puede formar parte de un contexto que aumenta el malestar corporal y determinadas conductas de riesgo.
Y cuando nos centramos específicamente en adolescentes, los datos resultan todavía más interesantes. Un metaanálisis publicado en 2026 analizó 45 estudios con 33.086 adolescentes y encontró una asociación significativa entre el uso de redes sociales y mayores preocupaciones relacionadas con la imagen corporal y la conducta alimentaria. La asociación era más fuerte en estudios con una mayor proporción de chicas y cuando se analizaba específicamente el uso de Instagram. Esto no demuestra que Instagram o TikTok «provoquen» un TCA, pero sí nos recuerda que no todo depende del número de horas que un adolescente pasa delante de una pantalla. También importa qué está viendo, con qué se está comparando y cómo se siente después de hacerlo.
Y aquí creo que tenemos una de las cuestiones que más deberíamos tener presentes como familias y como profesionales. Una adolescente ya no necesita compararse con una compañera de clase o con una persona concreta. Puede pasar en pocos minutos por vídeos de influencers, modelos, rutinas de ejercicio, «what I eat in a day», transformaciones corporales, dietas y consejos para adelgazar. Son cientos de cuerpos y cientos de mensajes sobre cómo debería ser el suyo. Además, los algoritmos pueden hacer que, cuando alguien empieza a interesarse por determinados contenidos, cada vez reciba más publicaciones similares.
La comparación, por tanto, deja de ser algo puntual y puede convertirse en una actividad cotidiana. Y esto es especialmente relevante durante la adolescencia, una etapa en la que el cuerpo está cambiando y en la que la opinión de los demás tiene un peso enorme. Al mismo tiempo que una adolescente está intentando descubrir quién es, dónde encaja y cómo quiere mostrarse ante los demás, recibe constantemente imágenes de cuerpos que parecen cumplir un determinado ideal. Es fácil que termine preguntándose qué tiene que cambiar en ella para parecerse a lo que está viendo.
Además, hay algo que me preocupa especialmente: que determinados comportamientos relacionados con el control del cuerpo vuelvan a presentarse como algo positivo. No es lo mismo cuidar la alimentación que vivir pendiente de lo que se come. No es lo mismo hacer ejercicio porque nos hace sentir bien que utilizarlo para compensar una comida. Y no es lo mismo querer sentirnos cómodos con nuestro cuerpo que sentir que tenemos que modificarlo para poder estar satisfechos con nosotros mismos.
Estas diferencias pueden parecer evidentes cuando las explicamos en consulta, pero no siempre lo son para un adolescente. De hecho, algunas conductas relacionadas con los TCA pueden empezar siendo percibidas como algo positivo: «estoy siendo disciplinada», «me estoy cuidando», «tengo mucha fuerza de voluntad», «estoy consiguiendo cambiar mi cuerpo». Por eso es tan importante prestar atención no solamente a lo que hace una persona, sino también al significado que esas conductas tienen para ella.
Ante esta situación, creo que la respuesta de los adultos no debería limitarse a decir a los adolescentes que dejen las redes sociales. Tampoco parece realista pensar que podemos eliminar cualquier contenido relacionado con el cuerpo. Necesitamos ayudarles a desarrollar una mirada más crítica hacia lo que consumen: hablar de filtros, edición y selección de imágenes; explicar que las redes no muestran una representación aleatoria de la población; preguntarles cómo se sienten después de pasar un rato viendo determinados perfiles y ayudarles a identificar cuándo una comparación empieza a hacerles daño.
Y también necesitamos revisar cómo hablamos nosotros sobre los cuerpos. Los adolescentes escuchan cuando hablamos de dietas, cuando decimos que tenemos que «compensar» una comida, cuando comentamos que alguien ha adelgazado o cuando utilizamos el peso como una medida de cómo está una persona. Muchas veces no estamos intentando transmitir ningún mensaje concreto, pero esas conversaciones forman parte del contexto en el que los adolescentes construyen su propia relación con la comida y con su cuerpo.
Por eso, más que preguntarnos si Jenna Ortega está demasiado delgada o si Ariana Grande ha cambiado mucho físicamente, creo que deberíamos aprovechar estas conversaciones para preguntarnos por qué seguimos prestando tanta atención a los cuerpos de las mujeres y por qué determinados cuerpos generan admiración, preocupación o incluso curiosidad de una manera que otros no generan.
No sabemos qué ocurre en la vida de estas personas y no nos corresponde averiguarlo a través de fotografías. Pero sí podemos observar qué mensajes reciben millones de adolescentes cuando ven que el cuerpo de una mujer conocida se convierte en noticia, cuando aparecen comparaciones de «antes y después» o cuando miles de personas opinan sobre si alguien está demasiado delgada o debería recuperar peso.
Como psicólogo especializado en trastornos de la conducta alimentaria, imagen corporal y conducta alimentaria, creo que la preocupación no debería centrarse únicamente en si estamos ante una nueva moda estética. Me preocupa más que volvamos a transmitir, de una manera más o menos explícita, la idea de que estar muy delgada es algo que merece reconocimiento y que modificar nuestro cuerpo es una parte necesaria de sentirnos bien con nosotros mismos.
Y especialmente me preocupa que este mensaje llegue a adolescentes que todavía están aprendiendo a habitar un cuerpo que cambia constantemente.
Prevenir los TCA no consiste solamente en detectar una restricción alimentaria o una preocupación excesiva por el peso. También consiste en ayudar a construir desde mucho antes una relación diferente con el cuerpo y con la comida: una relación en la que adelgazar no sea automáticamente un logro, en la que engordar no sea automáticamente un fracaso y en la que cuidar de uno mismo no implique vivir pendiente de lo que pesa, de lo que come o de cómo se ve.
Quizá por eso esta conversación, que aparentemente empieza hablando del cuerpo de dos personas famosas, debería terminar hablando de algo mucho más cercano: de qué estamos enseñando a nuestros adolescentes cuando les mostramos, una y otra vez, qué cuerpos son los que merecen ser mirados.
Amorós-Reche, V., Espada, J. P., & Orgilés, M. (2026). Social media and disordered eating in Spanish adolescents: Clusters of platform use and network analysis. Current Psychology, 45, 763.
Fortunato, L., Gullo, S., Muscolino, A., La Tona, A., Rodgers, R. F., & Lo Coco, G. (2026). Relation between social media use and body image concerns and disordered eating in adolescence: A systematic review and meta-analysis. Adolescent Research Review.
Hayward, S., Paraskeva, N., & Schneider, J. (2026). Body image, disordered eating, and social media use among children and preadolescents: A scoping review of longitudinal studies. Body Image, 58, 102109.
También se han utilizado fuentes periodísticas y divulgativas para contextualizar los casos de Ariana Grande y Jenna Ortega: The Washington Post, Entertainment Weekly, The Wall Street Journal y The Daily Beast.
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