Vivimos en una sociedad en la que la imagen lo es todo. Redes sociales, publicidad y medios de comunicación nos bombardean con imágenes de cuerpos “perfectos”, llenos de retoques y filtros que distorsionan la realidad. Esta presión constante por encajar en este ideal de belleza genera una insatisfacción corporal que, por desgracia, normalizamos. Estos estándares nos llevan a compararnos constantemente y a sentir que algo nos falla o nos falta.
En las personas con un trastorno de la conducta alimentaria (pero también en cualquier persona), existe una tendencia a centrarse excesivamente en pequeños detalles. Por ejemplo, enfocarse en el número de calorías, en la apariencia de un alimento o, al mirarse en el espejo, fijarse exclusivamente en una parte del cuerpo que no es como “debería ser” según los patrones de la sociedad, olvidándose de verse como un todo, una persona completa. Esta forma de procesar la información puede hacer que cualquier “imperfección” para la persona parezca más grande de lo que realmente es y esto lleve a un ciclo de autocrítica y a reforzar esa sensación de no soy suficiente, no soy válida/o.
Un TCA hace referencia a una alteración en la conducta alimentaria. Lo que a la mayoría de la gente se le puede venir a la cabeza cuando piensa en un TCA es que es un problema con la comida. Es cierto que la comida es un punto clave, de hecho el más visible, pero no por ello el único.
En una persona con TCA aparecen multitud de síntomas, muchos de los cuales pueden pasar más desapercibidos por su naturaleza más interna. Entre ellos, destacamos:
Las causas de desarrollar un TCA son múltiples, no existe una única razón para que aparezca un TCA en una persona, sino que el conjunto de muchas de estas conforman su creación.
En el blog de hoy queremos hablar de estos factores de riesgo que pueden hacer que sea más probable que una persona experimente esta sintomatología.
Desde la infancia y la adolescencia, los contextos con unas características muy estrictas pueden ser uno de los motivos. Tanto a nivel familiar, como en lo académico, o lo social, hay personas que pueden percibir que se les imponen metas muy altas que les es imposible alcanzar.
Aunque los adultos no sean conscientes de estas altas exigencias (incluso porque probablemente no hayan existido frases de ese tipo), de manera indirecta, podemos estar contribuyendo a que la persona interiorice ciertos logros que debe cumplir.
Desde muy temprana edad, se aprenden mensajes que relacionan el éxito personal y la felicidad con un tipo prototípico de cuerpo. Frases como “si estás delgada, serás feliz”, “para que te valoren tienes que hacerlo todo perfecto” o “para triunfar, tu cuerpo tiene que estar delgado y estilizado”.
Estos objetivos tan elevados y poco realistas, pueden crear una sensación constante de frustración y un bajo estado de ánimo al no poder conseguir las metas (auto)impuestas. De aquí pueden derivarse una baja autoestima y una visión distorsionada de la propia valía, factores que a largo plazo, pueden desencadenar comportamientos relacionados con un TCA.
Los medios de comunicación y, como no, las redes sociales, son uno de los motores más importantes que refuerzan a menudo estereotipos de belleza y éxito que son muy difíciles de alcanzar. Las niñas/os y adolescentes están expuestos constantemente a imágenes antinaturales, con filtros y retocadas que potencian un ideal corporal irreal. Este tipo de modelos hacen que estas niñas/os tiendan a la comparación y por ende, a querer “ser como sus ídolos”.
El entorno social también ejerce una influencia significativa en la percepción que se tiene sobre el propio cuerpo. La presión para poder encajar en un grupo o cumplir las expectativas sociales sobre la imagen corporal y el rendimiento, pueden llevar a tener conductas restrictivas y compensatorias que pueden derivar posteriormente en un TCA.
Sobre todo en la etapa de la adolescencia, donde pertenecer a un grupo es una de las mayores motivaciones, el miedo a no encajar en él o a sentirse rechazado, les lleva a realizar conductas encaminadas a ajustarse a las expectativas de los demás.
El ambiente familiar y las experiencias que se hayan vivido durante la infancia también tienen un papel crucial. Familias en las que la comunicación es escasa o en las que no se tiene en cuenta las emociones de los demás, pueden contribuir a que aparezca una baja autoestima y la persona intente tomar el control a través de la alimentación.
Las dificultades para manejar el estrés y las emociones intensas pueden ser un factor de riesgo que predisponga a la persona a utilizar la comida como un mecanismo de autorregulación.
El acto de comer (o su opuesto, de restringir la alimentación), puede convertirse en una forma de intentar recuperar el control y reducir los sentimientos de malestar.
En resumen, comprender estos factores de riesgo es fundamental para prevenir, detectar y acompañar con sensibilidad y comprensión a quienes puedan estar atravesando esta situación. Es importante fomentar espacios seguros donde se priorice el bienestar emocional. Si estás pasando por una situación complicada en la que la relación con la comida y con tu cuerpo te genera malestar pide ayuda.
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